Té para tres (o para bastantes más)

La madrugada me encontró cocinando para gente querida y me dieron ganas de escribir sobre el proceso y sobre todo lo que me significa poner las manos en la masa para aquelles que quiero.

Hoy sábado tengo una reunión muy importante con compañeres de mi Universidad. A algunes les conozco un montón y a otres no mucho, pero como venimos de unos meses de largo debate, me dieron ganas de llevarles algo rico para merendar.

Si hay algo que me gusta y disfruto de a cataratas es cocinar para momentos significativos: cumpleaños, navidades, fin de años, comidas familiares, jornadas de trabajo o estudio larguísimas, para meriendas entre amigues y un gran etcétera. El instante de elegir la receta es casi mágico, como diseñar un hechizo o una poción: ¿qué les gusta? ¿qué quiero mostrarles? ¿en qué estación estamos? ¿hace calor? ¿hace un frío que te hace sacar humito por la boca? ¿cuántos somos? ¿cuál es el ánimo general? ¿en qué momento del día vamos a juntarnos?

La cita es a la tarde, a la hora de los primeros mates, y como sé que vamos a hacer bastantes, descarté la posibilidad de hacer algo difícil de manipular y se me dibujó en la cabeza la idea de hacer algo clásico y rendidor. Aunque a la noche suele refrescar, durante el día todavía hace el calor propio de los últimos días de febrero. Quería, además, que sea algo reconfortante, porque pienso que ese va a ser el ánimo general de la reunión.

Por acá y a esta altura de la madeja, ya sabía que se iba a tratar de un bizcochuelo, un brownie o de un budín. Había descartado las galletitas porque al tener que hacer mucha cantidad iba a tener que estar mucho tiempo al lado de horno. El brownie no me terminaba de convencer: no me parecía para nada rendidor. Y el bizcochuelo… si bien era ideal para matear, no me cerraba. Hace bastante que no hago bizcochuelos caseros, y si hacía uno ¡tenía que ser especial! Y es que hay una última parte del proceso de elegir una receta que es una mezcla azucarada y especiada de la impronta personal, de lo que queremos transmitir al cocinar y de lo que andamos ganas de elaborar.

Ya de por sí cocinar algo con nuestras manos hace que todo sea más especial. Atrás de una comida casera hay alguien que eligió la receta (quizás hasta investigó varias y seleccionó la que le pareció mejor, o hizo una mezcla de todas las que encontró…). Alguien que decidió dedicar parte de su tiempo en hacer algo que podría haber comprado. Y esta soy yo siendo irremediablemente cursi: alguien que pensó por un ratito en una o varias personas y en hacerlas sonreír.

¿Cocinarle a una persona no es un poco como abrazarla o mimarla pero a través de aromas y sabores?

¿Qué receta elegiste Malena?! pensarán (y gritarán mordiéndose las uñas) ustedes. Bueno, ya les había adelantado que estaba entre varias opciones, y básicamente descarté todas menos una: los budines.

No quiero agrandarme (especialmente con el horno todavía encendido y cocinando), pero es necesario decirlo: tengo una relación muy amena con los budines, especialmente los cítricos. Bah, eso está por verse. Pero tengo una buena experiencia haciendo budines de limón, gracias a esta receta de Cocineros Argentinos (les recomiendo muy seriamente ver el video, es en el que me basé!)

Si el haber aprendido a hacer un buen glasé fue un camino de ida, ni les cuento lo que fue haber aprendido a que el budin te quede altito, bonito, suave y con un gusto fantástico. Tengo testigos.

Pero acá viene la parte de lo personal: quería que tuviese chocolate. Si les digo la verdad, ya a esta altura me imaginaba descubriendo un budín con una capa de chocolate encima. Y tenía muchas ganas de probar algo nuevo. Es cierto que hay algo de tirarse a la pileta en el hecho de adaptar una receta conocida, y más si es para cocinarle a otres! (admito que cocinar para otres es lo que más me mueve a investigar el mundo cocinero pero a la vez me da un vértigo terrible no saber cómo me quedó la receta hasta que la prueban).

Sentí como si una vieja idea hubiese tocado mi hombro. Ahí estaba, frente a mis ojos. Tenía algo de lo conocido, era rendidor, reconfortante gracias al chocolate y me era muy propio: budín de naranja con chispitas de chocolate. Sabía que si hacía calor el temita de la manipulación chocolatística no iba a ser fácil, pero no me importó, porque convengamos que a nadie le va a parecer algo realmente terrible el tener que lamerse los dedos llenos de chocolate, no? Así que arranqué a cocinar.

Quizás es un cliché lo que les voy a decir y ya lo escucharon en mil lugares, pero lo principal al empezar a cocinar es tener la mesada despejada. Saquen absolutamente todo lo que sobre. ¡Inventen su ambiente! si están cancheres pueden poner una serie de fondo, pero sinó lo que más les recomiendo es poner música. La que les de ganas de bailar con las manos enharinadas o mientras baten la preparación. O lo que esté a tono con su ánimo.

Y acá vuelve la Malena cursi nuevamente. Soy una convencida de que transmitimos los sentimientos que tenemos cuando cocinamos. Quizás se debe a que leí Como agua para chocolate siendo muy chiquita. O quizás porque mi familia también le dedica un tiempo especial a la cocina. No sé. Pero hay algo de la intención que tenemos al agarrar un batidor que se transmite a lo que hacemos. Por eso siempre que cocino pienso en el por qué lo estoy haciendo. No pasa nada si cocinamos estando tristes, puede ser muy catártico y de hecho, yo lo hago (aunque siempre cuidando que las lágrimas no caigan en la comida). Pero no recomiendo para nada cocinar enojades ¡sobre todo si es para otras personas!

Seguimos. Ya despejamos la mesada. Nos lavamos las manos. Leímos la receta, anotamos los pasos si era necesario. O nos acomodamos el libro de cocina bien cerquita. A veces soy un poco desprolija y tengo varios papelitos con anotaciones. Esta vez volví a mirar el video de cómo se hacía el budín de limón y puse Friends.

Esto es fundamental: sacar los ingredientes y dejar en la mesada sólo lo que vamos a utilizar. Tener cucharitas, cuchillos, batidora, bols, platitos y el molde a mano. Me hace sentir un poco como si estuviese cocinando en un canal de cocina. Y bueno, me toca admitir que me ha pasado de olvidarme ingredientes porque los había dejado guardados! Sí, les juro que pasa.

Qué vamos a necesitar?

❤ 200 gr. de harina leudante
❤ 200 gr. de manteca pomada (a sacarla antes de la heladera! posta es re importante que esté pomada y no esté dura)
❤ 200 gr. de azúcar blanca
❤ 4 huevos
❤ Ralladura de una naranja
❤ 50 ml. de jugo de naranja
❤ Chocolate partido en trocitos o chips de chocolate: la cantidad que quieran, yo usé cuatro de las barritas del chocolate águila pero pueden usar más
❤ Si queremos: chocolate para la cobertura. A mí me parece una buena solución para disimular si se nos rompe un poquito al desmoldarlo.

Un aviso importante antes de seguir: esta receta implica batir mucho. Es lo que hace que quede suavecito y alto. En otras palabras: necesita tiempo y nada de apurarse. En serio. Si están apurades recomiendo mil veces hacer este brownie express, que no falla nunca (en serio).

Arrancamos!

❤ Cuando la manteca esté pomada (chiques, no usen manteca derretida, no es lo mismo!), la ponen en un bol junto con el azúcar. Y empiezan a batir con la batidora eléctrica por al menos cinco minutos (si les soy sincera, yo batí un poco más). Este paso es importantísimo e insalteable. Van a ver que la manteca se pone de un color más blanquito.

❤ El paso siguiente es agregar, uno a uno, los huevos. No tiren los cuatro juntos: echan uno, baten bien hasta que se integra. Echan el otro, baten bien hasta que se integra. Echan el tercero, baten bien hasta que se integra. Echan el cuarto, baten bien hasta que se integra.

❤ Acá le ponen la ralladura! Baten para que se integre bien con el resto de la preparación.

❤ Llegó el momento de poner la harina leudante! Yo se la voy poniendo de a poquito. Si lo están haciendo bien, a esta altura van a tener lo que yo llamo crema divina. Se van a dar cuenta soles, porque en vez de una masa líquida va a tener una crema de una textura re suave y como hecha por las sirenas de la Odisea: van a querer probarla, comerla y se van a olvidar que en realidad estaban haciendo un budín!

❤ Hagan un esfuerzo y sigan: le tiran los 50 ml. de jugo de naranja y baten.

❤ Tiramos los chips de chocolates! A mí me gusta cortar un chocolate en trocitos porque queda más rústico, pero hagan lo que a ustedes les guste más!

❤ A enmantecar y enharinar el molde. Llenan 3/4 del molde con la mezcla divina, ayudandose de una cuchara o espátula. Intenten no enamorarse de la mezcla cayendo de un recipiente al otro, puede ser hipnótica.

❤ El horno: en mínimo. En serio! Nada de pasarse. Tarda bastante en hacerse (desde 45 min hasta 60 min), pero como cada horno es distinto, yo diría que vayan mirando.

❤ Cuando ya tiene pinta de estar listo, hago la famosa prueba del palito o del cuchillito: lo meto y si sale limpio… ¡a sacar el budín del horno!

❤ Esperamos a que se enfríe.

❤ A desmoldar con cuidado. Si enmantecamos y enharinamos bien, no debería haber ningún problema.

❤ Paso opcional: derretimos el chocolate cobertura y lo untamos encima del budín!

❤ A disfrutarlo!

¿Qué les pareció? ¿Les gustó que haya intercalado una receta en mi blog? Estoy contenta de haber vuelto a escribir acá, mi idea es volver a la rutina en marzo y postear más seguido, tengo bastantes ideas en el tintero!

La verdad es que hace un tiempo que tenía ganas de escribir sobre mis aventuras en la cocina, buscando y probando recetas. ¿Tienen alguna receta infalible? ¿Les gustaría que pruebe con otras? Les leo! Prometo que después les cuento si mi budín tuvo éxito. Si logra maridar con la tarde, yo ya me quedo contenta.

Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=mK4Cequ0-eA

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