(borrador para no olvidarme lo que se me ocurrió caminando por brilla crespo)

Les dejo este cuento que pensé allá lejos y hace tiempo, cuando caminaba por Scalabrini Ortiz para llegar a Avenida Corrientes y una palabra que nunca había escuchado aparecía en mi paladar.

Cinco menos cuarto. Me acerqué a la mesa del ventanal gigante que daba a avenida corrientes y le pregunté qué deseaba pedir. Con una sonrisa (pero en los ojos) y como si estuviese saboreando en su mente las opciones de la carta de todos los cafés del mundo, me ordenó:

– Te pido… un café con carresturri.

“Enseguida le traigo”, le contesté con voz de azúcar pero también de picadita a las siete de la tarde, mientras anotaba el pedido en mi anotadorcito de mozo con una letra tan redondita que podría haber hecho sonrojar a mi maestra de quinto grado.

Llegué al mostrador y canté: un café con carresturri, y me puse a esperar a que estuviera listo o a que llegasen otras clientas. Miré la escena. La chica ya estaba muy sentada revisando un montón de cuadernitos que parecían no entrar en la mochila minúscula que había traído y el piloto colgado en la silla estaba a dos centímetros de ponerse a limpiar el piso.

“Matías te llaman en la cocina, a ver vení un cachito”, me interrumpieron.

Me acerqué.

“Escuchame un poquito no tenemos carresturri, por qué no te vas a fijar en el almacén o en la panadería de acá a la vuelta a ver si tienen. Sino andá y fijate si cambia el pedido.”

Agarré el impermeable, el paraguas, y caminé dos o tres cuadras para adentro, porque los almacenes de avenida corrientes ya habían dejado de existir hacía un tiempo.

Entré a la panadería primero, tentado por el olorcito a merienda que salía del local.

“Buenas tardes qué desea”, y yo ya estaba a punto de preguntar con mi mejor cara de chocolatada con galletitas, pero cuando iba a abrir la boca para ir formulando la oración (con signos de interrogación firuleteados y todo) me di cuenta que no tenía idea de lo que era el carresturri.

Terminé la pregunta como pude, emparchada, a medio hacer, con cara de yo qué sé, yo no fui y a mi no me pregunte.

Yo no sé si el señor que atendía tampoco sabía o la tenía clarísima, pero me contestó que nunca habían vendido.

“Bueno muchas gracias”, me fui mientras en mi mente ya entraba al almacén.

Miré el reloj. Las cinco y cinco. Esta vez le pregunté con cara de enciclopedia y de estar tomando un final:

– disculpe, ¿carresturri tiene?
– Ya me fijo.

Cuando volvió con una cara infernal de no tengo lo que me pedís, yo ya había hecho al menos ciento cincuenta y siete hipótesis de lo que el carresturri podría llegar a ser, y eso que había descartado al menos 35 más porque me parecía improbable que me hubiesen ordenado un café con algún tipo de producto de limpieza.

Mientras cerraba la puerta del almacén escuché que me recomendaban, casi febrilmente, que pruebe suerte en la ferretería.

El colmo de la milanesa, suspiré: ¿dónde se había visto un café con tuerquitas?

Miré el reloj : las cinco y cuarto pasaditas. Decidí volver al café, derrotado y sin respuesta. Llegué, con algunas gotas demás en el pelo y miré al mostrador. Me miraron con cara de “¿encontraste?”. Adelanté la negativa con una mirada sombría y de haber perdido el partido.

Fui a la mesa, la del ventanal gigante. Podría jurar que había más cuadernitos que antes sobre la mesa.

– Disculpe, usted había pedido…
– ¡Sí! Un café con dos medialunas.

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