Voladora

Este verano, unas golondrinas hicieron nido en el patio de mi casa. El mismo día que volvíamos a Buenos Aires aprendieron a volar. Esta experiencia alada me dio ganas de compartir este texto que escribí hace un tiempito

No me dejes cerca de la ventana que me vuelo, te repetí con la sonrisa atravesada en la cara y los pelos todos alborotados mientras la espalda me aleteaba fuerte y se formaban remolinos de aire en el pasillo.

Creí que era el viento, pero en realidad me habían salido alas. Y es que, sin darles muchas vueltas al asunto, me tenías así. Voladora.

Fue muy complicado al principio. Obvio que no es malo volar, pero quizas atrás del término se esconde un poco de publicidad engañosa.

Los primeros días arranqué a volarme arriba del bondi, mientras comía chocolate y en clase. Cuando tomaba la sopa, mientras corría, cuando veía una peli. Cuando le daba sorbitos al café, mientras escuchaba música o leía, y hasta haciendo origami.

Hubo consecuencias, claro, y no me atrevo a hacer el juicio de valor pertinente como para clasificarlas en buenas o malas.

Al colectivo ya no me dejaban subir, porque ocupaba mucho espacio y molestaba al resto de lxs pasajerxs porque les hacía perder el equilibro. Además me chocaba la cabeza contra el techo cuando me empezaba a elevar de la nada. Me empezaron a dejar viajar sentadita en el techo, pero agacharme en cada semáforo me empezó a resultar un poco incómodo.

En cuanto al eje gastronómico del asunto, comer chocolate sin tocar el suelo me resultó poético y revelador. Pero ingerir líquidos me resultó un problema, porque la taza me temblaba y la cuchara también, lo que terminaba siendo un desastre y se me manchaban todas las remeras y a veces el pantalón.

Ver pelis no resultó tan mal. Lo que sí, cuando iba al cine tenía que ir a las filas del fondo, porque les tapaba la pantalla a la gente que tenía atrás. Y en casa se empezaban a distraer porque me miraban volar en vez de prestar atención a lo que estaba pasando en la pantalla. Y había que rebobinar un montón de veces.

Con el tiempo me fui acomodando, dejé de rezongar y acepté mi condición alística. Me convertí en experta voladora gracias a un cóndor andino que conocí en el norte y a los gorriones de Plaza Constitución que muy esmeradamente me enseñaron el arte de batir alas y hacer niditos (abandoné las clases cuando las aves porteñas quisieron enseñarme a comer bichos, semillas y otras cosas que prefiero ni nombrar).

Hace poco abrí mi propia academia de vuelo para pajaritos y personas, lo cual puede parecer raro, pero les aseguro que hay mucha gente con alas en la Ciudad de Buenos Aires.

Y ahora sí, cada vez que me quedo cerca de una ventana o balconcito, me dejo volar tranquila.

Antenas (aventura en dos minutos)

En la esquina de mi espejo veo unas luces rojas y no termino de entender de dónde salen. Acepto la adivinanza y vuelvo sobre los pasos de mis ojos como si intentase recordar en una mañana apurada dónde vi mis llaves por última vez (acá sonrío con gustito a dentífrico porque hay algo de mapa y de tesoro en todo esto y en este encierro hace mucho que no busco y hace tanto que no encuentro).

Miro y miro pero antes del espejo sólo estuvieron mis manos, la canilla, el agua corriendo, un pedacito de pared lila y la baba mentolada que escupí. Nada de eso me sirve para salir del laberinto: claro, pienso mientras saboreo la respuesta, para encontrarlas debería desandar el mundo del reflejo.

Nunca entendí realmente los límites de un espejo, aunque soy consciente de que podría encontrar una respuesta entre aburrida y mágica en cualquier libro de física. Siempre percibí cierta eternidad a pedido en ese universo, una especie de realidad igual y paralela que se abre y se expande de acuerdo a nuestro deseo y curiosidad.

En fin, lo desenvuelvo como si fuese un regalo y veo la cortina tejida, el vidrio de la puerta, la distancia del pasillo, la ventana sucia del lavadero. Traspaso la muralla y adivino las calles, las personas en sus casas, los locales y edificios, la avenida y finalmente las encuentro: a lo lejos, sobre el viejo artecinema y suspendidas como globos por hilos de metales invisibles están las luces que vi tan intrusas en mi baño.

Con una sensación de viento fresco en la cara de los que te despeinan un poco, sonrío y lloro un poco: hoy tuve un pedacito de ciudad metido en el espejo.

Cinema Verité

Hoy me voy a abstener de grandes análisis y voy a escribir como si el blog fuese una página de mi diario. Así que, con ustedes: ¿cómo veo las películas?

Cuando miro películas sola, suelo pausarlas. A veces me pongo a escribir, otras veces me levanto y preparo algo. Un té, un café. La mayor parte de las veces ya tengo todo cerca de mi cama así que ni siquiera tengo que moverme de mi habitación: un termo con agua caliente, una taza y varias opciones de té. Ah, y algún chocolate.

Otras veces, después de poner pausa, sólo miro el techo. Discuto con lo que estoy mirando o pienso en lo que me hace sentir. Y termino con la mente en otro lado.

Aunque haga todas esas cosas, todo en mi habitación se encuentra detenido a la espera de que apriete el botón y la historia continúe.

También me dí cuenta que sólo miro películas a oscuras o con la luz del velador. Nunca con la luz de arriba prendida, supongo que no genera el ambiente que quiero. ¿Hay algo íntimo en el hecho de ver una película?

Si estoy acompañada en algún momento me pongo pesada, pero no pauso la película. Me muevo. Miro al alguien que tengo al lado, lo molesto. A veces le toco la cara o le tapo los ojos para que no pueda ver nada. Creo que alguna vez me quedé dormida, pero estadísticamente podría decir que eso sólo me pasó luego de un día agotador o a altas horas de la noche (o una combinación de esas dos cosas). También dejé de ver películas porque preferí besar. Acá podría decir algo de la luz de la pantalla que alumbra los cuerpos y de los títulos cayendo al final, pero me abstengo.

De cualquiera de las dos maneras, me gusta acomodarme: lo logro a base de almohadas y almohadones y siempre le sonrío a una buena manta. Una vez, estando con un amigo, vimos una peli en sillas separadas frente al escritorio y me resultó incómodo.

Ahora estoy viendo una película, aunque esté escribiendo. Si alguien entrase a mi habitación vería mi cama un poco deshecha, la luz del velador prendida y el tejido cerca mío. Y quizás sea un chiché, pero de fondo puse jazz.

Otro día les cuento mi ritual para el cine.

Té para tres (o para bastantes más)

La madrugada me encontró cocinando para gente querida y me dieron ganas de escribir sobre el proceso y sobre todo lo que me significa poner las manos en la masa para aquelles que quiero.

Hoy sábado tengo una reunión muy importante con compañeres de mi Universidad. A algunes les conozco un montón y a otres no mucho, pero como venimos de unos meses de largo debate, me dieron ganas de llevarles algo rico para merendar.

Si hay algo que me gusta y disfruto de a cataratas es cocinar para momentos significativos: cumpleaños, navidades, fin de años, comidas familiares, jornadas de trabajo o estudio larguísimas, para meriendas entre amigues y un gran etcétera. El instante de elegir la receta es casi mágico, como diseñar un hechizo o una poción: ¿qué les gusta? ¿qué quiero mostrarles? ¿en qué estación estamos? ¿hace calor? ¿hace un frío que te hace sacar humito por la boca? ¿cuántos somos? ¿cuál es el ánimo general? ¿en qué momento del día vamos a juntarnos?

La cita es a la tarde, a la hora de los primeros mates, y como sé que vamos a hacer bastantes, descarté la posibilidad de hacer algo difícil de manipular y se me dibujó en la cabeza la idea de hacer algo clásico y rendidor. Aunque a la noche suele refrescar, durante el día todavía hace el calor propio de los últimos días de febrero. Quería, además, que sea algo reconfortante, porque pienso que ese va a ser el ánimo general de la reunión.

Por acá y a esta altura de la madeja, ya sabía que se iba a tratar de un bizcochuelo, un brownie o de un budín. Había descartado las galletitas porque al tener que hacer mucha cantidad iba a tener que estar mucho tiempo al lado de horno. El brownie no me terminaba de convencer: no me parecía para nada rendidor. Y el bizcochuelo… si bien era ideal para matear, no me cerraba. Hace bastante que no hago bizcochuelos caseros, y si hacía uno ¡tenía que ser especial! Y es que hay una última parte del proceso de elegir una receta que es una mezcla azucarada y especiada de la impronta personal, de lo que queremos transmitir al cocinar y de lo que andamos ganas de elaborar.

Ya de por sí cocinar algo con nuestras manos hace que todo sea más especial. Atrás de una comida casera hay alguien que eligió la receta (quizás hasta investigó varias y seleccionó la que le pareció mejor, o hizo una mezcla de todas las que encontró…). Alguien que decidió dedicar parte de su tiempo en hacer algo que podría haber comprado. Y esta soy yo siendo irremediablemente cursi: alguien que pensó por un ratito en una o varias personas y en hacerlas sonreír.

¿Cocinarle a una persona no es un poco como abrazarla o mimarla pero a través de aromas y sabores?

¿Qué receta elegiste Malena?! pensarán (y gritarán mordiéndose las uñas) ustedes. Bueno, ya les había adelantado que estaba entre varias opciones, y básicamente descarté todas menos una: los budines.

No quiero agrandarme (especialmente con el horno todavía encendido y cocinando), pero es necesario decirlo: tengo una relación muy amena con los budines, especialmente los cítricos. Bah, eso está por verse. Pero tengo una buena experiencia haciendo budines de limón, gracias a esta receta de Cocineros Argentinos (les recomiendo muy seriamente ver el video, es en el que me basé!)

Si el haber aprendido a hacer un buen glasé fue un camino de ida, ni les cuento lo que fue haber aprendido a que el budin te quede altito, bonito, suave y con un gusto fantástico. Tengo testigos.

Pero acá viene la parte de lo personal: quería que tuviese chocolate. Si les digo la verdad, ya a esta altura me imaginaba descubriendo un budín con una capa de chocolate encima. Y tenía muchas ganas de probar algo nuevo. Es cierto que hay algo de tirarse a la pileta en el hecho de adaptar una receta conocida, y más si es para cocinarle a otres! (admito que cocinar para otres es lo que más me mueve a investigar el mundo cocinero pero a la vez me da un vértigo terrible no saber cómo me quedó la receta hasta que la prueban).

Sentí como si una vieja idea hubiese tocado mi hombro. Ahí estaba, frente a mis ojos. Tenía algo de lo conocido, era rendidor, reconfortante gracias al chocolate y me era muy propio: budín de naranja con chispitas de chocolate. Sabía que si hacía calor el temita de la manipulación chocolatística no iba a ser fácil, pero no me importó, porque convengamos que a nadie le va a parecer algo realmente terrible el tener que lamerse los dedos llenos de chocolate, no? Así que arranqué a cocinar.

Quizás es un cliché lo que les voy a decir y ya lo escucharon en mil lugares, pero lo principal al empezar a cocinar es tener la mesada despejada. Saquen absolutamente todo lo que sobre. ¡Inventen su ambiente! si están cancheres pueden poner una serie de fondo, pero sinó lo que más les recomiendo es poner música. La que les de ganas de bailar con las manos enharinadas o mientras baten la preparación. O lo que esté a tono con su ánimo.

Y acá vuelve la Malena cursi nuevamente. Soy una convencida de que transmitimos los sentimientos que tenemos cuando cocinamos. Quizás se debe a que leí Como agua para chocolate siendo muy chiquita. O quizás porque mi familia también le dedica un tiempo especial a la cocina. No sé. Pero hay algo de la intención que tenemos al agarrar un batidor que se transmite a lo que hacemos. Por eso siempre que cocino pienso en el por qué lo estoy haciendo. No pasa nada si cocinamos estando tristes, puede ser muy catártico y de hecho, yo lo hago (aunque siempre cuidando que las lágrimas no caigan en la comida). Pero no recomiendo para nada cocinar enojades ¡sobre todo si es para otras personas!

Seguimos. Ya despejamos la mesada. Nos lavamos las manos. Leímos la receta, anotamos los pasos si era necesario. O nos acomodamos el libro de cocina bien cerquita. A veces soy un poco desprolija y tengo varios papelitos con anotaciones. Esta vez volví a mirar el video de cómo se hacía el budín de limón y puse Friends.

Esto es fundamental: sacar los ingredientes y dejar en la mesada sólo lo que vamos a utilizar. Tener cucharitas, cuchillos, batidora, bols, platitos y el molde a mano. Me hace sentir un poco como si estuviese cocinando en un canal de cocina. Y bueno, me toca admitir que me ha pasado de olvidarme ingredientes porque los había dejado guardados! Sí, les juro que pasa.

Qué vamos a necesitar?

❤ 200 gr. de harina leudante
❤ 200 gr. de manteca pomada (a sacarla antes de la heladera! posta es re importante que esté pomada y no esté dura)
❤ 200 gr. de azúcar blanca
❤ 4 huevos
❤ Ralladura de una naranja
❤ 50 ml. de jugo de naranja
❤ Chocolate partido en trocitos o chips de chocolate: la cantidad que quieran, yo usé cuatro de las barritas del chocolate águila pero pueden usar más
❤ Si queremos: chocolate para la cobertura. A mí me parece una buena solución para disimular si se nos rompe un poquito al desmoldarlo.

Un aviso importante antes de seguir: esta receta implica batir mucho. Es lo que hace que quede suavecito y alto. En otras palabras: necesita tiempo y nada de apurarse. En serio. Si están apurades recomiendo mil veces hacer este brownie express, que no falla nunca (en serio).

Arrancamos!

❤ Cuando la manteca esté pomada (chiques, no usen manteca derretida, no es lo mismo!), la ponen en un bol junto con el azúcar. Y empiezan a batir con la batidora eléctrica por al menos cinco minutos (si les soy sincera, yo batí un poco más). Este paso es importantísimo e insalteable. Van a ver que la manteca se pone de un color más blanquito.

❤ El paso siguiente es agregar, uno a uno, los huevos. No tiren los cuatro juntos: echan uno, baten bien hasta que se integra. Echan el otro, baten bien hasta que se integra. Echan el tercero, baten bien hasta que se integra. Echan el cuarto, baten bien hasta que se integra.

❤ Acá le ponen la ralladura! Baten para que se integre bien con el resto de la preparación.

❤ Llegó el momento de poner la harina leudante! Yo se la voy poniendo de a poquito. Si lo están haciendo bien, a esta altura van a tener lo que yo llamo crema divina. Se van a dar cuenta soles, porque en vez de una masa líquida va a tener una crema de una textura re suave y como hecha por las sirenas de la Odisea: van a querer probarla, comerla y se van a olvidar que en realidad estaban haciendo un budín!

❤ Hagan un esfuerzo y sigan: le tiran los 50 ml. de jugo de naranja y baten.

❤ Tiramos los chips de chocolates! A mí me gusta cortar un chocolate en trocitos porque queda más rústico, pero hagan lo que a ustedes les guste más!

❤ A enmantecar y enharinar el molde. Llenan 3/4 del molde con la mezcla divina, ayudandose de una cuchara o espátula. Intenten no enamorarse de la mezcla cayendo de un recipiente al otro, puede ser hipnótica.

❤ El horno: en mínimo. En serio! Nada de pasarse. Tarda bastante en hacerse (desde 45 min hasta 60 min), pero como cada horno es distinto, yo diría que vayan mirando.

❤ Cuando ya tiene pinta de estar listo, hago la famosa prueba del palito o del cuchillito: lo meto y si sale limpio… ¡a sacar el budín del horno!

❤ Esperamos a que se enfríe.

❤ A desmoldar con cuidado. Si enmantecamos y enharinamos bien, no debería haber ningún problema.

❤ Paso opcional: derretimos el chocolate cobertura y lo untamos encima del budín!

❤ A disfrutarlo!

¿Qué les pareció? ¿Les gustó que haya intercalado una receta en mi blog? Estoy contenta de haber vuelto a escribir acá, mi idea es volver a la rutina en marzo y postear más seguido, tengo bastantes ideas en el tintero!

La verdad es que hace un tiempo que tenía ganas de escribir sobre mis aventuras en la cocina, buscando y probando recetas. ¿Tienen alguna receta infalible? ¿Les gustaría que pruebe con otras? Les leo! Prometo que después les cuento si mi budín tuvo éxito. Si logra maridar con la tarde, yo ya me quedo contenta.

Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=mK4Cequ0-eA

Felix Felicis

Quizás el nombre les resulte familiar por la famosa poción que con un sorbito te convierte en una persona afortunada. Y es que, aunque su instagram avise que no se trata de un café temático, esa es la sensación mágica que te recorre cuando entrás al lugar.

Ese día había ido a comprar hilos para hacer algunos regalos de navidad (algún día les cuento qué sucedió con eso) a mi manantial lanero ubicado en Scalabrini Ortiz y Córdoba. Ya sabía que después de haber elegido los hilados iba a querer detenerme en algún lugar, así que ey! por qué no aprovechar e ir a alguno al que no haya ido antes, pensé.

Cargada con dos bolsas caminé algunas cuadras más y me dirigí a mi destino, ubicado en la calle Serrano al 1400. No voy a dejarles en suspenso por mucho tiempo: el lugar es hermoso, está pintado de blanco y tiene muebles de madera.

La carta tiene muchas opciones. Primero pedí un iced latte, pero cuando ví que en la carta de bebidas frías tenían affogato decidí cambiar mi pedido porque nunca lo había probado (pedí mil disculpas, aunque por suerte todavía no habían empezado a hacer el iced latte). Para quienes no saben, se trata de un café que sirven con una bocha de helado: simplemente riquísimo.

Me lo trajeron en esta presentación, ¿no es un sueño?

Elegí sentarme en la barra que tienen en la vidriera del lugar, que tiene todos dibujitos! A continuación saqué mi cuaderno, me puse a planear mis regalos navideños por un rato y después… ay, después le di forma a un nuevo ejercicio de escritura, con el que sigo hasta hoy y fue puntapié para pensar este post: escribir lo que veo. Ya les contaré más sobre eso. Ah, me olvidaba! En el interín me tenté un montón con las delicias dulces que tenían exhibidas y pedí un roll de canela que no llegó a la foto (la rompen! tienen un frosting rico rico).

No les puedo explicar lo fresco que estaba

Mientras escribía sonaban Los Beatles, lo que me pareció definitivamente un punto a favor. Seguí observando y anotando detalles que me parecieron simpáticos:

– Las plantas ordenadas en un estante le dan un toque fresco al ambiente, pero sin sobrecargarlo.

– El logo es una lechuza y me pareció super bonito (así lo anoté en mi cuaderno).

– Afuera hay un bicicletero, por lo que hacer una parada si andan paseando por la zona es una buena opción.

– Tienen opciones veganas y usan sorbetes (pajitas, bah!) metálicos.

– Sobre el mostrador tienen tarjetitas muy bellas, me quedé una para usar de señalador!

Me fui muy contenta del lugar y con ganas de volver (cosa que efectivamente hice unas semanas después)! Si van cuentenmé en los comentarios qué probaron y qué les pareció!

Como anticipé antes, esta entrada surgió a partir de escribir en formato analógico lo que veo cuando voy a tomarme algo (experiencia a la que llamé cariñosamente #escriboloqueveo). Por supuesto que al reescribir el texto le hice modificaciones en función del estilo del blog y la verdad es que me pareció un ejercicio muy convocante, aunque creo que terminé haciendo una recomendación foodie, no?

Escribir a destiempo también fue desafiante, en tanto no terminaba de desenmarañar si en la era del todoyatodoahora iba a ser atractivo mostrar una experiencia que pasó hace algunas semanas. Finalmente me decidí y dejé las marcas de tiempo: ¡la escritura toma sus tiempos y sus ganas!

Les dejo un supersaludo y nos vemos en la próxima entrada!